Son dos bailarines que han decidido salir de su caja de música y vivir una historia real. Han dejado la quietud de su vieja casa de madera para mostrar al mundo que tras cuatro minutos de mágicos acordes de piano, existen dos amantes de alto rendimiento que llevan toda una vida cumpliendo sus sueños, bailar y mirarse.
Han dejado de girar sobre sí mismos para pisar el hielo juntos. Se acompañan en todo momento, ocupan todo el espacio que anhelaban. En ocasiones es él quien la lleva a ella. Otras veces, ella lo coge a él de la mano y le muestra el camino. También se sueltan y cada uno vuela por sí solo, pero nunca pierden el ritmo que los devuelve al contacto. Se tocan con la delicadeza con la que se trata la porcelana. Se balancean como ligeros habitantes de los campos de algodón. Dialogan con sus cuerpos, se protegen. Cuando todo quema bajo sus pies, ellos afilan sus cuchillas retando al fuego, y deslizan todo lo que han conseguido hasta el momento. Y lo hacen con la elegancia de un anuncio de perfume. Como si para ellos la gravedad fuese relativa. Sin el mínimo reflejo de rendición. Viven en una burbuja, ajenos a lo que diga Trump y sus secuaces. Ajenos a las miles de miradas que puedan estar envidiando su leyenda.
Saben que su lugar se encuentra en esa pompa de jabón transparente. Sincronizan cada objetivo, cada pensamiento. Y aunque no sea el mismo, ellos estudian como adaptarlos a cada uno de sus pasos. Porque su única pretensión es sentirse, y esta es la evidencia de toda una vida llena de esfuerzos, caídas,roturas,lágrimas,aprendizaje,caricias,sexo,carcajadas, felicidad y amor,sobretodo, amor. Ellos demuestran que, unidos, todo se supera. Que cuando no estás conforme con el lugar en donde te encierras, uno ha de revelarse, sin miedo al miedo, a equivocarse. Porque siempre habrá alguien apoyándote. Demuestran que pase lo que pase, siempre habrá quien esté dispuesto a bailar contigo. Ellos han dejado atrás su vieja caja de música, pero siguen bailando y maravillando al cosmos. Su historia es tan real como la de cada uno de nosotros, todas terminan con la dulzura de un abrazo que nos recuerda que ha valido la pena.
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