Conocí una vez a una mujer que presumía de ser como el resto. Tenía tanto talento que cambió mi vida con solo tres letras. No era consciente de todo lo que provocaba en quien se acercaba. No se imagina lo alto que me ha hecho llegar y lo bien que he respirado allí arriba. Derretía hasta el más sólido argumento, y lo hacía sin ganas, sin señas, solo miraba. Miraba tan hondo que calaba de ternura y seguridad tu alma. Cuando sonreía todo era verdad, achinaba los ojos y un halo de luz proveniente de toda la paz que emanaba, iluminaba los tormentos de todo un patio de vecinos. Cegaba el camino de este trapecista que pisaba inseguro la línea de un presente incierto y lo hacía entonar el himno de la alegría.
Conocí una vez a una mujer que tenía la capacidad de pisar tierra y hacer volar al resto. Que tenía mis palabras en su boca sin hacer siquiera un gesto. A su lado el tiempo apuraba el paso, a su lado la lluvia no mojaba, perfumaba todo espacio. Cuando abrazaba, los planetas se alineaban, los cometas asaltaban la ventana, fulminaba la vida de todo marcapasos con solo acercar el pecho. Destruía toda derrota, y yo, vencido hasta las trancas, tan solo pensaba en combatir hasta la muerte en su guerra.
Conocí una vez a una mujer con el arte de prender a un fugitivo que aprendió tanto a su lado, que no quiso escapar nunca de sus ruinas. Que tuteaba a mis miedos, que tanteaba mis penas y saltaba conmigo destellando el vacío. Me basta con saber que todo lo que supe de ella ha sido suficiente para cambiar la historia.
Conocí una vez a una mujer que tiene motivos de sobra para ser feliz, se tiene a ella. Las personas así no merecen malgastar su magia en seres tan sumidos en las profundidades de su ombligo que terminan olvidando que ahí empieza el olvido. Conocí una vez a una mujer a la que quizás algún día merezca. Lo mejor que pude hacer, fue conocerla.