Descubrí, tal vez, entre recuerdos de papel, algún talento que me ayuda
a expresar mi verdad entre tanto punto muerto. Comencé a poner nombre a
sentimientos que tenía dormidos, aprendí a disipar el humo, convertí en tinta
el aire y fumo cada bocanada con la impaciencia de un buscador de sensaciones. Descubrí que soy lo que llevo dentro, que por mucho que me oculte en mi guarida, mis opciones conspiran y se reflejan.
Descubrí esta soledad, tan
sólo, tan mía, por la que pago un alto precio. Mi existencia corre ante mis ojos,
consciente o no de los antojos de un destino que ralentiza cada parpadeo. Y llevo ya tiempo hipotecado en mis estados de ánimo, escapando de todas las acciones que se me escapan de las manos.
Descubrí, una vez, la amarga sensación de
comprender que mi verano está bajo la lluvia. Y en ella bailo las movidas, en ella aprecio las lentas, hasta que agito tanto el frasco que estalla el poco aliento
que me queda, y sigo fingiendo. Buscando auxilio en un exilio próximo que abre hasta
las tantas. Y vuelve a empezar un proceso que termina con todo, que acaba conmigo. Y
no hay testigos de este nuevo encierro, porque no puedo, porque no encuentro lo que
busco ni descifro lo que quiero.
Descubrí el valor de las tardes
abandonadas, las horas apagadas entre partida y partida. Rendido en cada letra,
tocado y hundido; continúo remando en las causas perdidas, queriendo evitar el
olvido de lo que un día me ayudó a fugarme de mí contigo.
Mi hallazgo más reciente es
saber que a veces la realidad supera tu imaginación, que la vida es el arte de reconocer
lo que hay entre la verdad y lo posible. La respuesta no está en la huida, ni
en ignorar el lado negativo de las cosas, ni de uno mismo; sino en escoger el
positivo como mejor opción.
Por eso estoy aquí.
