domingo, 24 de abril de 2016

Benditos domingos

Tengo ganas de matar una de mis vidas. Quiero olvidar o morir, quiero nacer de nuevo, empezar otra partida en este juego. El problema es que odio la Play, así que me quedo. Seguiré aquí, desarmado, improvisando a ciegas este tránsito, más desconocido que nunca, con la mudanza a medias, con el piso a la mitad. Y es que a veces, la existencia duele, amarga, qué fuerte late a veces. 
Estoy pensando que debo quemar mis alas, dejar de soñar utopías y empezar a besar tierra, aunque no sea firme. A la mierda la poesía, debería pasear los domingos, quedar para ver el partido de las seis, buscar aficiones que calmen los miedos y ser feliz con todo ello. 
Pero sería un ser en permanente sequía. En realidad deseo saltar los días de seis en seis, por esto de encarar a mis demonios de una vez por todas. Quisiera abrir los ojos cada domingo, por eso bebo los sábados, para perfilar mis abismos. Sé que soy un masoca emocional, pero elijo el dolor y el silencio ante la nada y el ruido. Es así como se embriagan mis ojos, es esta soledad mi manera de seguir vivo.
De todas formas, sigo sin saber por qué en esta banda sonora de luces y sombras, el invierno dura más de una estación. Supongo que, al fin y al cabo, la vida es como un vals, puedo apreciarla solo, pero para bailarla necesito otra mitad. Es tan simple como saber que no te necesito, pero te quiero a mi lado. 
Si hay algo que se me da bien es trasnochar, pero en este puto mundo madrugar está sobrevalorado. He de ir a dormir, espero que mañana, al despertar, vuelva a ser domingo. 




domingo, 17 de abril de 2016

Es la hora

Es la hora, este barco zarpa, riguroso cual tren de cercanías. Y él, impuntual como siempre, titubea en este loco anochecer entre subir a bordo a sabiendas de lo frágil del camino, conocedor del temporal, y perder otro vuelo de polillas estudiando los rumores que mantienen la flota amarrada a puerto. 
Es la hora, este barco ha empezado a moverse. Llega, piensa en el abordaje y se balancea. Viste piel de kamikaze, se la va a jugar. Va a saltar evocando las predicciones de las líneas de tu mano. Va a ser mortal.
Es la hora. A la deriva va este barco, a ciegas, esta ruta. Con rumbo inseguro, colindando la porción indefinida de un ángulo propio, agudo triángulo de las bermudas. Allí donde todo desaparece, de donde nadie ha conseguido salir. Tampoco él, que siempre ha creído que hay que tener un buen par de principios y la valentía suficiente para volver a fallar y seguir siendo un don alguien. Obtuso de si.
Es la hora, este barco traga agua. No se hunde, se derrite, se consume. No hay equipo de rescate, no hay chaleco salvavidas, se aferra a sus recuerdos para mantenerse a flote. Su percepción del tiempo se desvanece, cree llevar toda una vida calado.  Este náufrago ha perdido mucha tinta, y no hay botella, no hay mensaje. Un enfermizo pensamiento duda de su existencia después de tu olvido. Perece. 
Es la hora, pero espera. Parece que le queda una bengala, quizá estés cerca hoy que se acerca el final. Una vez más, la marcha atrás evitará otra vida con su muerte. Entonces te imagina sonreír, como cuando te besaba los párpados. Dulce consuelo en esta, su última velada de duelo. Ahora que ha llegado la hora, el fin justifica sus miedos. 


domingo, 3 de abril de 2016

Razones para temblar

En un despiece horizontal uno obtiene conclusiones inconexas que conectan terminaciones nerviosas que duelen. Llega un momento en que te das cuenta de que se te fue la mano con la medicación. De que has sido un ente inconsciente que ha estado jugando en el filo de un puñal que ha herido al amor de gravedad. De que todo aquello que te aislaba de una polución que te hacía picar los ojos, no ha evitado la propagación de un virus letal al cual no has sabido encontrar cura. Y ahora que la cuarentena es absurda, que gracias a ella llegarás solo a los cuarenta, te preguntas por qué no has hincado el diente a su sinceridad. Por qué has abandonado el cuaderno de viajes en aquella estantería. Hoy reconoces el sabor del mar en la superficie de un semblante triste y vuelve a arrollar la lluvia, en la calle también. Ahora solo vives, duermes solo, te follas solo, has empezado a hablar solo. Ahora fumas tinta, escribes humo, bebes zumo de almidón de una almohada abandonada que preserva su calor. Con la mirada fija en la nada cuestionas la claridad de todo aquello que creías correcto. Meditas, pero tu mantra ya no arropa el frío de estas aguas pantanosas. Una plaga de dudas tumba tus murallas, te sumerges en las ascuas que han dejado la tragedia y soplas, soplas con todas tus fuerzas intentando avivar esa esquina en la que se ha parado el tiempo. Un perímetro de seguridad repleto de incertidumbre. Y todo, por un puñado de versos. Ahora todo se estremece porque hay razones para temblar.