Las cinco de una tarde más de invierno. En pleno sermón aritmético, pensamientos fugaces me aíslan de las piedras que lanza el sistema. Por un instante administro mi tiempo en el ambiente, tengo la cabeza como inerte, hasta que un desfile inocente de palomas me guía de nuevo a mi estado de cuerpo presente.
Mientras la indiferencia de un matemático, más viejo que perro, desintegra la escasa probabilidad que existía de llegar a instruirme, con acento de súplica escucho un "Si hay dudas, por favor, preguntad". De pronto, algo efímero me sacude la piel, me lleva a la lona y se va. Con su nombre en la punta de la lengua, un sin fin de preguntas me acorralan. Estoy a punto de soltarlo todo, pero desisto. Él no la conoce y yo no tengo ni idea de estadística.
Siento que estoy perdiendo el tiempo en estas clases. Este apático autómata consumido por la tiza y el café no ha conseguido enseñarme nada. No consigo despejar la incógnita de esta masa mortal que arrastro. Yo, que solo hallo medias para contar mentiras porque me cuesta calcular la verdad. Todavía sigo haciendo números para saber a donde quiero llegar.
Qué hago aquí? me pregunto. Si considero que las sonrisas resuelven más problemas que las cifras. Que hay más armonía en lo infinito que en lo que tiene un final. Que no hay mejor algoritmo que la talla de su escote. Creo que no hay fórmula más compleja que un amor acompasado. Que la única correlación que me atrapa está a su lado. Yo, que apenas sé sumar, que no sé si la echo de menos, o la quiero de más. Que la única inteligencia que respiro es emocional.
Esto es verídico, con letras se forma la palabra ARTE, y no hay arte más puro que la combustión de palabras ni solución más perfecta que encontrarse. Tan cierto como que sin flor no hay aire. Así es, matemático.
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