Ven, puedes entrar, he sacado el cerrojo. Pero te advierto, puede que no sea quien esperas. En realidad soy un fraude. El permiso de residencia de este cuerpo ha caducado, en mi exilio ella era mi próximo destino. Y ahora, que estoy al otro lado de su línea divisoria, ya solo pretendo llegar a algún lugar, cualquiera que sea, en el que llueva, con mar. Salir de este limbo existencial que borra los puntos del mapa que nos separa, dejar de vagar por las calles de este mundo sin pena ni gloria.
Ven, puedes pasar, veo tu sombra detrás de la puerta. Irrumpe, ayúdame a abrazar esta cama vacía y distrae este sofoco. Mi abanico de soltero no ventila con suficiente fuerza como para refrescarme las ideas. Tengo recuerdos cosidos a esta jaula de cemento, tengo en mis memorias cientos de horas de su vida. Imposible borrar de mi mente los zapatos que lucía el primer día. Tengo una mesa sin calendario. Cartas como esta, escritas sin fecha, esperando a ser cifradas. Esperando un nuevo punto de partida que deje de anhelar una segunda oportunidad para continuar con la primera.
Ven, puedes entrar, adéntrate aunque esté a oscuras. No importa lo que hayas oído de mí, no importa lo que yo te haya dicho. Es más, no importa lo que estás leyendo aquí. Pero te confieso que a veces me imagino volar sobre su edificio. Espero a verla salir, asegurarme de que sonríe, aunque sea con otro. Me declaro seguidor de sus redes sociales, me declaro cobarde, me declaro culpable. Cometer aquel delito, mi mayor acierto. Fue un robo en toda regla el de aquel beso. Hoy he de pagar por ello. Continúo agravado por el dolo, y admito que tenía intención de quedarme para siempre. Admito que lo volvería a hacer, volvería a ser un preso reincidente. Pues allí la encontré, de casualidad, un día cualquiera en la ciudad antigua de Compostela, entre los límites de la dignidad y la belleza.
Ven, puedes entrar, solo quiero que sepas que así vivo. Quiero que sepas que sigo pensando en ella porque es aquí donde la miro, donde nos reencontramos, entre líneas y latidos.
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